Crisis, bloqueos y violencia social ¿Qué hacemos los universitarios?

Por Wilmer Casasola Rivera, Ph.D. Escuela de Ciencias Sociales, TEC.
12 de Octubre 2020
Bloqueo
Fotografía ilustrativa.Tomada de Semanario Universidad.

En estos días han circulado una serie opiniones y posiciones en relación con las propuestas y la crisis social que atravesamos. Lo que aquí expongo es una observación crítica de ciertas posiciones ideológicas que promueven bloqueos y un acérrimo llamado a continuar con las protestas en las calles. Pero no solo esto, sino que, desde algunas cátedras universitarias, se intenta moralizar a aquellos profesionales universitarios que no se manifiestan en las calles ante la “crisis” nacional.

Lo que se cree

Hay dos formas básicas de entender la ideología: como una concepción particular y como una concepción total. La primera, es propia de individuos, que tienen su propio sistema de creencias, y que rechazan todo aquello que no se ajusta a su forma de ver las cosas. La segunda, se refiere a sistemas de pensamiento, a las ideologías sistemáticas, a los adoctrinamientos… Digamos, para ser didáctico, que hay una ideología criolla y otra teóricamente estructurada.

Toda ideología responde a un modelo y orden social existente. Y la reacción ideológica, responde a este hecho. Así que, o bien estamos en contra, o bien apoyamos ese orden social existente. También hay una tercera alternativa: ser indiferentes ante un hecho social.

Lo que se propone

Muchas personas creen que el problema se arregla en las calles. Esta concepción es la herencia de aquel sueño romántico de una tal praxis político-revolucionaria, aquel aroma lapidario marxista que persiste en el imaginario académico. Así, lo que importa es la lucha, no diplomática a través de un diálogo razonable, sino en el cuadrilátero callejero, donde, incluso la muerte, como consecuencia de esta encomiable acción revolucionaria (o revoltosa), se pretende justificar como éticamente correcta.

Detrás de cada ideología, criolla o estructurada, se arropan seres humanos de carne y hueso. Los acólitos de la izquierda o de la derecha política, no toleran otros criterios que no sean los suyos propios. Resulta interesante, y hasta vomitable, ver cómo se rechazan ideas, a priori, porque no se pertenece a uno de estos bandos cognitivos (…). Pero el problema serio es la monstruosa intolerancia que producen estos acólitos hacia quienes piensan diferente.

Esos universitarios y académicos…

Sería deseable que tuviéramos la capacidad emocional y cognitiva de apostarle siempre al mejor argumento posible, antes que al deseo patológico de querer tener la razón. Las posiciones ideológicas son intolerantes ante la observación. Les falta el principio socrático de la introspección: no se examinan a sí mismas.

Efectivamente, todas las opiniones deben ser respetadas, pero no todas aceptadas. Es el principio básico del mejor argumento posible, cuando existe diálogo auténtico, y no un monólogo vertical (o cuando existen alianzas para destruir…).

Veamos lo que puede ser un ejemplo de enfocarse responsablemente en la solución de un problema social, sin incitar, demagógica o panfletariamente, a una población a involucrarse en convicciones personales o colectivas ideológicas.

Cuando sobrevino el problema de la pandemia, no recuerdo que ningún científico del TEC o de la UCR clamara: “¿Dónde está la Universidad? ¿Dónde están los universitarios?” No salieron a la calle a panfletear o panfletear en la prensa, pero sí se concentraron en sus laboratorios a pensar soluciones. Se enfocaron laboriosamente a la tarea para lo cual están calificados, ética y científicamente: a proponer e idear soluciones para enfrentar juntos la crisis por el COVID-19.

Estos profesionales no tomaron esa actitud de involucrar, con lenguaje acusador y moralista, a los demás universitarios, porque su interés fue único: enfocarse en ofrecer soluciones concretas a través de la unificación de conocimientos y el trabajo en equipo. Ellos abordaron un problema social, de acuerdo con su experticia. No intentaron moralizar a una comunidad a través de una argumentación pasivo-violenta, como es propia de los discursos demagógicos, que intenta involucrar a todos en todo.

No hay un problema social, sino muchos problemas sociales. Entonces, tachar o atacar a la comunidad universitaria por no actuar ante un problema social, no solo es una falacia, sino una afirmación irrespetuosa hacia cada universitario que está comprometido con su campo de acción social. Cada quien asume un problema social desde sus herramientas profesionales, y cada quien decide libremente a qué tarea social se entrega. Además, muchos universitarios proponen también ideas para enfrentar problemáticas sociales, rechazando otros mecanismos que incitan a la violencia social.

El problema fiscal que tiene Costa Rica, no es el único problema, como tampoco involucrarse en una huelga es la única forma de enfrentar un problema. De hecho, es la vía fácil. En una huelga no existen propuestas, sino daños colaterales. No podemos elevar a un rango de adoración mística, a quienes están allí, con coraje, y satanizar a quienes no participan de esas soluciones violentas.

Cuando tachamos a otras personas de no comprometerse, estamos siendo intolerantes. No todos tienen por qué seguir nuestra caprichosa forma de ver los problemas sociales, como tampoco tenemos que condenar otros porque no comparten la solución que proponemos.

La gente que en este momento está en las calles, supuestamente con coraje, como alguien ha sugerido, es porque eligieron estar ahí, eligieron esa praxis político-revolucionaria, traducida como violencia social, la peor vía para solucionar problemas sociales. Una vía que, lejos de solucionar un problema social, más bien ha intensificado y exacerbado una serie de problemas, creando víctimas directas por esta intolerancia sectaria.

En la imposición no hay lugar para el diálogo. El diálogo desaparece ante personas intolerantes o ignorantes. El diálogo se debilita cuando no estamos dispuestos a escuchar buenas razones. Incluso, uno mismo como profesional, se debilita ante un gremio que no acepta, sino sus propias razones. Un gremio que rechaza todo aquello que no se ajusta a su criollismo ideológico, a su forma particular de ver las cosas. Un gremio en el que impera más la complicidad emocional, que una actitud racional y objetiva (…).

Soy universitario, y no apoyar esta huelga no me hace cobarde. No puedo justificar, como acción éticamente correcta, lanzarme a la calle a protestar, porque estoy convencido de que no es la mejor opción, ni siquiera es una opción para solucionar problemas sociales, cuando la consigna es la violencia.

Entonces, no es que en la calle estén las personas con coraje, y aquí estemos los cobardes universitarios. En las calles no vemos personas con coraje patriótico, vemos personas sin ningún valor cívico, destruyendo nuestro propio patrimonio cultural, nuestros propios bienes y recursos estatales. Nuestros bienes públicos. No veo personas con coraje patriótico, sino personas en actos de salvajismo. No existen propuestas razonables para solucionar asuntos complejos de economía política, sino una victimización generalizada, donde una bomba molotov es el emblema del diálogo razonable.

Ahora queremos hacer caudillos de la patria y reformistas de los problemas fiscales a un gremio de personas en actos de vandalismo y agresión social. Queremos hacer caudillos a personas que impiden que otros costarricenses tengan libertad de movimiento para cumplir con sus obligaciones laborales y profesionales. Queremos hacer caudillos a personas que irrespetan el patrimonio cívico, que ponen en riesgo la vida de civiles inocentes y de funcionarios de la Fuerza Pública y de la Cruz Roja que resguardan el orden y la seguridad social, que están allí, como usted y como yo, haciendo una labor profesional, incluso heroica, sin negar las imprecisiones en las que pueden caer. Entonces ¿Coraje de qué?

Ahí afuera, hay un gremio que cree que Costa Rica le pertenece. El resto de mortales debemos sumisamente someternos a esa particular forma de solucionar problemas sociales. Ahí afuera hay gente que impone a la fuerza su punto de vista. Un punto de vista que está ocasionando el sufrimiento de muchos otros costarricenses. Un punto de vista que encuentra respaldo en uno que otro académico, y que, desde la cátedra universitaria, quieren legitimar como una acción social moralmente correcta. Desde luego, muchos de estos revolucionarios hablan desde el privilegio social, desde la comodidad de un escritorio.

Entonces, ¿qué proponer?  Cualquier cosa, menos llamar a más violencia. Si el problema es de propuestas económicas, generar bloqueos violentos no es la solución para nuestro país. 

No podría justificar ni participar en ninguna protesta que se relacione con marchas o huelgas que ejerzan violencia y agresión social. Desde el momento en que bloqueamos el paso a otros ciudadanos ejercemos violencia sobre ellos. Más allá de reclamar un cambio en la dirección de un plan de gobierno, lo que existe es una intencionalidad de ciertos sectores a promover agresión social por no estar de acuerdo con ciertas políticas públicas. Del hecho de que la huelga o la manifestación civil haya funcionado en el pasado, no se sigue que persistamos en el error, cuando la acción también ha provocado otros daños sociales. La propuesta de ideas, el diálogo razonable, los acuerdos multidireccionales representativos, pueden lograr más que la violencia callejera.

La marcha pacífica, la marcha que unifique disconformidad ante una propuesta política vertical o unidireccional, es un ejercicio democrático saludable. Pero no las marchas violentas, los bloqueos agresivos en contra de la libertad de movimiento y de elección de otros ciudadanos. La huelga ni la marcha deben tener por objetivo dañar el patrimonio ni los bienes estatales, sino simplemente unificar una cierta disconformidad política con el fin de generar un cambio positivo. La idea de la marcha es unificar una voz, representar un sentimiento, una disconformidad para reclamar la atención de quien o quienes no están escuchando. Su objetivo es lograr un diálogo y llegar a acuerdos, donde el bien social, y no los intereses particulares o sectoriales, sean el único foco de atención. Una huelga, o manifestación pública, no tiene por qué causar daño intencional al pueblo al que supuestamente intenta defender.

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Las opiniones aquí vertidas no representan la posición de la Oficina de Comunicación y Mercadeo y/o el Tecnológico de Costa Rica (TEC).

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