Afiche con la palabra Boro en letras muy grandes

El Teatro Agosto del Campus Tecnológico Local San José invita al estreno de su obra virtual Boro, este sábado 4 de diciembre a las 6:00 p.m. por su canal de YouTube.

A continuación, la introducción a la obra del programa de mano:

2021 comenzó como un año en que no había duda de que la virtualidad se extendería como la modalidad para seguir creando. La experiencia con el repentino tránsito que fue 2020, con el gran éxito de público virtual de nuestro montaje Uvieta, y que continuó programándose este año, nos dejó muchísimo aprendizaje, aunque la certidumbre de que si bien esto nos permitió seguir y alcanzar cifras muy altas de públicos y un buen reconocimiento, las características de esta modalidad de reunirnos y trabajar, nos dejaban muchos sentimientos de extrañeza, ya que si hay algo que es presencia y contacto personal es el teatro. También resiliencia, sentir que nos habíamos acercado de otra forma, tres nuevas personas integrantes y varios compañeros que no continuaron. Con esto, nos planteamos que, en algún lugar, en este nuevo espacio escénico de pantallas, queríamos descifrar y compartir lo que como seres humanos nos ha tocado vivir en la pandemia. Por eso optamos por crear colectivamente nuestra pieza . Sin ninguna pretensión de abarcarlo todo, comenzamos por algo muy obvio. Hablamos de la muerte.

Viajamos por historias y anécdotas personales, memorias familiares, revisamos cuentos, canciones, lugares, obras de arte; siempre traduciendo al teatro (o como se quiera llamar a esto que hacemos juntos desde cada casa) o sea, a líneas de acción y situaciones y personajes que vivían acontecimientos. Fuimos teniendo claro que queríamos esa diversidad de “entradas”, de tiempos, de épocas y duraciones. Era la esencia de lo que podíamos sentir que sucedía en nuestras cabezas, y simultáneamente en esa cabeza colectiva que era la creación en grupo. Allí surgió una primera imagen, pensar cómo visualmente contar que adentro de nuestras cabezas, o cerebros, estaba sucediendo algo como una galería de espejos, una especie de constelación de neuronas con historias de aquí y de allá; todas lanzando temas, respuestas de distintas tesituras, frente a esa vivencia tan intensa que nos hizo sentir frágiles, pequeños, efímeros.

Y descubrimos que no hablábamos de la muerte, sino que hablábamos de que allí está, el fin de la vida. Tan certero como azaroso, imposible de ignorar. Y nos conectamos con nuestras historias de otra manera, como un diálogo con gentes de otras épocas o lugares que hablan a través de nosotros, pero dicen cosas que sentimos y vivimos. Al llegar a ese punto, sobrevivieron siete pequeñas historias. La de un hombre que regresa a su pueblo en el momento en que se entierra a Sandoval con todo su poder y crueldad. La de dos viejos que se aman y ven aparecer la amenaza, mientras juegan bingo. La de un joven enamorado con locura de una estatua de novia en un cementerio. La de una joven bella, inteligente y fuerte que muere en un abrir y cerrar de ojos. La del derrotado guerrero samurai enfrentado con una vieja carroñera de cementerio, a partir del cuento de Akutagawua. La escena de los sepultureros y Hamlet. Y, finalmente, algo del cuento de Poe, El fantasma de la muerte roja.

Un conjunto disímil… En nuestra exploración estética encontramos boro: una tela hecha de retazos de diverso material que es tradición japonesa y que, en ese arte hecho de pedazos, busca la belleza de la imperfección.

Todo sería perfecto si fuéramos inmortales. Pero no lo somos. Nuestro Boro será ese conjunto de historias pegadas con costura gruesa y visible, el armado de siete historias que nos dicen cosas importantes para nosotros, que nos ayudan a compartir algo de lo vivido, tal como fue, una constatación de que la vida es demasiado grande y bella porque sabemos que está ahí para perderla.